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Me llamo Oscar, trabajo como ejecutivo en una agencia de publicidad, como todo profesional joven mis días pasan entre eventos, cocteles y diferentes actividades con el equipo interno de la agencia y reuniones con otros ejecutivos del sector.

Por las características de mi trabajo eventualmente conocía a mujeres muy atractivas con las cuales flirteábamos y hasta surgía algo de química y fue así cómo un día conocí a Samantha una atractiva ejecutiva de cuentas de la editorial más reconocida del país. Rondaba los 25 años, 170 de estatura, cabello castaño oscuro una piel perfecta blanca, ojos ojos verdes detrás de unas gafas de marco cuadrado, con el porte y la elegancia que le dan el esmero en su arreglo personal.

En nuestra primera reunión casi no conversamos y solo seguimos el protocolo de intercambiar nuestros respectivos datos de contacto de whatsapp, que no sería nada extraño de no ser por el cruce de miradas y sonrisas de complicidad que me dejaron pensando en ella más de lo normal.

Empezamos escribiéndonos mensajes de preparativos para antes y después de cada reunión y poco a poco ganábamos confianza y nos escribíamos más, surgió la pregunta: ¿qué te gustaría hacer? ¿qué te gustaría?¿qué me harías? Abriendo la puerta a la imaginación a lo que serían mensajes cada vez más sugestivos. Los mensajes en la madrugada donde me preguntaba si me había fijado en el escote que llevaba puesto o si había notado como se mordía los labios mientras me miraba rompían la rutina del trabajo y me hacían desear verla.

El corazón me latía fuerte cuando nos veíamos en las reuniones no cruzábamos más de 3 o 4 frases, pero muy frecuentemente se cruzaban nuestras miradas, nos mirábamos prolongada mente y en silencio, yo la recorría despacio con mis ojos deteniéndome en cada curva y cada detalle de su físico, ella lo sabía y le encantaba excitarme, eventualmente exageraba sus movimientos y me dejaba ver su esbelta y cuidada figura, su trasero bien formado o sus senos por encima de su escote, me encantaba y yo solo podía sonrojarme y dejarla deleitarse viendo como me excitaba mientras se marcaba mi erección en el pantalón.

No pasó mucho tiempo en que a último momento un cliente cancelo una reunión en la que estaríamos los dos, dejando todos los preparativos para llevarla a cabo pero así dejando el ambiente perfecto para hacer realidad nuestra fantasía.

Llegamos y la sala de juntas estaba preparada para la reunión, el corazón me latía fuerte, la sala estaba a media luz y con el video beam prendido, entramos y yo la observaba, su trasero, su cintura, su fluidez al moverse, su perfume era delicioso, cerramos la puerta y nos miramos fijamente a los ojos, se quitó las gafas y soltó su cabello, caminó directo a mi y nos besamos como queriendo devorarnos, nuestras manos se encontraban a mientras nos recorríamos nuestros cuerpos, movimos las sillas nos acostamos sobre la mesa, le bese el cuello desde el lóbulo de la oreja y fui bajando hasta su clavícula, torpe y apresuradamente le abrí el escote y confirmé lo que todo el tiempo me había imaginado, tenía unos senos bellísimos, de tamaño mediano y perfectamente formados, de pezones pequeños y rosados y lo mejor de todo la anticipación al placer y esa sensación de que así fuera por un instante pero ella al fin sería mía.

Se abrió de piernas y yo subí su falda y aparté el tanga para que salieran sus labios carnosos esperando alguna caricia. Me miró, no se lo podía creer, lo que me excitaba aún más. Me arrodilló delante de ella y empecé a tocarle los labios de la vagina con dos dedos con muchos cuidado pero

igual de torpe y mirando cada detalle, me tomó por la cabeza con sus manos y me apretó hacia su sexo, después me aparté un poco y lo metí mi dedo índice dentro de su vagina húmeda, lo sacaba y lo metía con más fuerza cada vez como a mi me gusta, repetí varias veces, y me encantaba.

Empecé a excitarme cada vez más, tenía tantas ganas de penetrarla ya pero me aguanté para alargar ese placer. Continué pero ahora usé dos dedos y se los metí de nuevo y de nuevo, como lo disfruté, después le metí tres dedos, mientras ella tocaba sus senos pellizcando sus pezones. De vez en cuando tenía que subir la vista para no perderme ninguno de sus movimientos de lo que estaba haciendo. Me mostró como tocarle el clítoris y a qué ritmo penetrarla con la lengua, era fabuloso, quien iba a pensar que me encantaría tanto su sabor.

Entonces llegó el momento de bajarme los pantalones, ella se arrodilló y yo me senté en una de las sillas de sala. Se encontró con mi pene erecto, bien grande y rígido, se acercó lentamente, humedeció sus labios y empezó a lamerla entera, se la metió con todas sus ganas en la boca, bien adentro, la sacó para acercase a mis huevos, los chupó enteros, su mirada me decía que le encantaba chuparme todo el pene, me dio una lección de lo que es capaz de hacer una ejecutiva sexy de oficina. Me hizo retorcerme del gusto, hasta que empecé a sentir los espasmos en la base de mi espalda, me miró a los ojos y bajo la velocidad, prolongando el orgasmo que estaba pasando y me corrí bien corrido en su boca. Se tragó la mitad, la otra mitad la restregó en sus tetas. Me daba tanto gusto sentir sus labios jugando con mi semen, que empecé a masturbarme nuevamente mientras ella hacia lo mismo, ella se había subido a la mesa, justo enfrente de mi y ahí estaba masturbándose como una loca, cachondisima, rogándome que la penetrara, así que hice lo que me pedía, con una fuerza tremenda, ya no sabía por dónde exactamente.

Le daba bien fuerte, y además con unos movimientos circulares, le sentí tanto, que solamente la podía escuchar chillar del gusto que le daba tenerme, estaba tan excitado que solo cambiaba de posición de apoyo para penetrarla con más fuerza hasta que logramos tener uno de los orgasmos más placenteros que he tenido en la vida. Recordando este encuentro con Samantha, la verdad es que no me acuerdo de las veces que me he corrido, pero fue mi mejor experiencia sexual y nunca nos dijimos nada.

Después de eso volvimos a la realidad, a los clientes y solo nos enviamos mensajes para gestionar las reuniones de trabajo. Solo algunas veces nuestros ojos se cruzan y nos miramos fijamente recordando que por un instante fuimos en silencio “una vez miras al demonio a los ojos, ya no quieres dejar de mirarlo”.

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